Hola de nuevo a tod@s!!!
Como preveía, ando muy ocupado y es por eso que no he encontrado ni un momento para publicar algo aquí desde septiembre, pero los comentarios que ayer me dejó escritos una murcianica (residente en Sevilla), me han animado a publicar unas cuantas palabrejas.
Como he comentado otras veces, me encanta el otoño. Me inspira buena energía, un ambiente agradable, y muy propicio para la meditación y la revisión interior... También me parece la mejor época del año para dar un pequeño paseo bajo el sol, tras la comida del mediodía, y luego, antes de dormir, pararse a contemplar el cielo estrellado; máxime cuando está presidido por la luna. A mí me encanta experimentar esa sensación, de observar el cielo nocturno, en soledad, en calma, ligeramente abrigado, recibiendo en la cara el suave fresco de la noche otoñal murciana, dejando la mente en blanco, recorriendo con la mirada la inmensidad de ese techo infinito que es el universo y sintiéndome una parte infinitesimal del mismo.
No obstante, el otoño siempre ha simbolizado lo decrépito de la vida, por ser la época del año en que las hojas de los árboles tornan a colores fríos y terminan por caer al suelo. El día de Todos los Santos, colocamos flores en las lápidas de nuestros antepasados, que la mayoría de gente (al menos aquí en Murcia) interpreta como una especie de regalo o un gesto de recuerdo hacia esos seres queridos, pero lo que realmente simbolizan las flores es el paso del tiempo, pues esas flores que adornan las lápidas y las llenan de color y esperanza, solo un par de días más tarde se marchitan, ofreciendo una imagen mucho más tétrica y más realista sobre lo efímero de la belleza y de la vida misma.

Hace unos días perdía la vida Simoncelli, una de las grandes promesas del motociclismo. Tenía 24 años y una energía desbordante. Sin embargo, su vida es esfumó prácticamente en una milésima de segundo. Estas cosas le paralizan a uno y le hacen pensar en lo efímera que es la vida, pero es una reflexión que normalmente nos dura poco. Preferimos vivir con la ilusión (yo diría espejismo) de que vamos a permanecer aquí eternamente. Y este pensamiento tiene su parte positiva (vivir felizmente sin pensar en el final), pero también una parte muy negativa: al creer que nos queda mucha vida por delante, tendemos a desaprovechar el tiempo. Y como dije en mi anterior entrada, el tiempo es lo más valioso que tenemos. No sólo en un sentido egoísta, de disfrutar al máximo cada día, cada hora, cada minuto, sino también en el sentido de hacer cosas útiles, cosas trascendentales, cosas que doten de un mayor sentido nuestra existencia.
Cuando muere algún joven, siempre me vienen a la mente un par de chavales de mi pueblo que fallecieron hace varios años en un accidente de coche. Creo que uno de ellos tenía 17 años y el otro 18 recién cumplidos. Parece ser que la causa del accidente fue precisamente la inexperiencia del conductor, mezclada con exceso de velocidad, y no sé si incluso con alcohol. El caso es que habían estado en unas fiestas (del municipio de Alcantarilla) y al regresar se precipitaron en una curva contra una barandilla, acabando en una acequia con el coche boca abajo. Lo más lacerante es que al parecer no murieron por el golpe en sí, sino ahogados, por quedar atrapados y no darles tiempo a salir del coche, que se fue inundando rápidamente. Una completa tragedia, que a mí personalmente me marcó, y que también provocó en mi pueblo una gran conmoción. Pero sobre todo, sin duda, hizo reflexionar bastante a mayores y a jóvenes.
Otra muerte reciente, muy conocida por todos, ha sido la del dictador libio Gadafi. A mí esta muerte también me suscitó una reflexión más allá del conflicto en sí, pues el hecho de que este hombre estuviera vivo o estuviera muerto, podía cambiar el destino de millones de personas. Y sin embargo, no era más que un hombre, un ser humano como cualquier otro. Simplemente era uno más en la historia de la humanidad al que el poder se le había subido a la cabeza, hasta llegar a endiosarse. Pero ya hemos visto que su vida era tan frágil como la de cualquier otra persona; lo vimos en esas crudas imágenes de su final, apresado por los rebeldes, herido y suplicando clemencia. Quizá él también fue consciente en ese momento de su fragilidad, pero era demasiado tarde para darse cuenta.
Sé que éste no es un bonito post, después de mi prolongado silencio, pero creo que hay que saber hablar de la muerte con la misma normalidad que hablamos de la vida. Y estas fechas, por coincidir con la visita a cementerios y demás, quizá sean las más adecuadas para pararse a pensar un poco en los que ya no están y en cómo aprovechamos el tiempo los que aún estamos por aquí...
Espero que vosotros seáis de los que valoran y aprovechan su existencia, o que al menos esta humilde reflexión que sugiero os sirva para desaprovecharla un poco menos, dejando a un lado toda clase de prejuicios, convencionalismos sociales, inseguridades, y en definitiva, todo lo que de alguna manera os impida avanzar, ser felices y dotar de sentido vuestra vida.
Saludos y hasta pronto.

2 comentarios:
Bendita vuelta la tuya, paisano.
Interesante reflexión otoñal que denota la gran personalidad que tienes aparte de juventud y dedicación.
La muerte forma parte de la vida y la mayoría vemos a la muerte como algo muy lejano. Lo de vivir el momento y aprovechar el tiempo se queda casi siempre en el pensamiento después de saber de alguna desgracia o pérdida.
Un abrazo de Mos desde mi orilla reflexiva de otoño.
PD: No tardes tanto en dejarnos algo porque queremos saber de ti.
Muchas gracias, paisano! En cuanto a lo de escribir más a menudo, se hará lo que se pueda. Un abrazo.
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