martes 1 de marzo de 2011

EL COLOR DE LA ESPERANZA: HASTA SIEMPRE, ANTONIO

Estos días he estado ausente por varios motivos: mi cumpleaños, un resfriado y la inauguración de una nueva asociación cultural/juvenil de ámbito local en la que voy a ejercer de presidente (además de mis ocupaciones habituales). Pero también recibí un mensaje muy peculiar, que quiero compartir con todos vosotros.

Recuerdo haber tenido amigos ancianos desde que era muy pequeño. Ya he hablado en anteriores entradas sobre "el valor de la experiencia" (ver AQUÍ), pero apenas he hablado de mi trato con las personas mayores, ni de las innumerables conversaciones que he mantenido desde que tengo uso de razón tanto con ancianos "desconocidos" (de mi pueblo, de un voluntariado que hice en Guadix, etc.), como con los de mi familia (en especial mi abuela, fallecida hace ya 10 años).

Pues bien, hace 3 años decidí inscribirme en un concurso literario-periodístico. No es algo que suela hacer, pero me atrajo por lo peculiar de la iniciativa: había que entrevistar a una persona mayor y redactar la historia de su vida. El concurso se ganaba o se perdía en pareja (joven y anciano), siendo para el primero un premio económico y para el segundo cumplir un sueño (por ejemplo, un viaje a un determinado lugar). Desde mi punto de vista, es un mal planteamiento como concurso para jóvenes, pues al final ganaron las historias más atractivas, es decir, no por la calidad narrativa o descriptiva, sino por la historia o el personaje en sí, y éste lo elegía y asignaba la propia organización del concurso. De hecho, en Murcia venció (de manera un poco bochornosa) la historia de una maestra que lo había sido de la concejala que estaba en el jurado y que incluso era amiga de su familia, como la propia señora comentó durante el acto de entrega de premios. No digo que hubiera fraude, porque no tengo pruebas para afirmar tal cosa, pero la sospecha ahí quedó flotando en el aire; y al menos sí critico la organización del concurso, que podría estar mejor enfocada. No obstante, si por algo me inscribí, fue por la experiencia en sí, pues ante todo me parece magnífico que se fomente la interrelación entre jóvenes y mayores, y en definitiva que los primeros sepamos escuchar y aprender de los segundos. Por otra parte, objetivamente opino que mi historia no estaba para ganar, y mucho menos por narrativa, pues cada vez que la releo encuentro más fallos de expresión. De todas formas, ésta no es la cuestión que quería tratar, sino el mensaje que recibí hace unos días.

Antonio, cuando le entrevisté, tenía ya una salud bastante delicada, con una insuficiencia renal, úlcera de estómago, diabetes, dos piernas amputadas... Tenía recuerdos muy amargos, no solo por su salud, sino porque llevaba muchos años alejado de su familia. Sin embargo, hallé en él una fortaleza inusual, y un optimismo casi incomprensible con tanta pena como llevaba a sus espaldas. ¿Dónde estaba la clave? En su fe. Tenía una fe enorme, de las que mueven montañas, de las que te hacen valorar el privilegio de la vida por encima de cualquier adversidad. Antonio no había perdido la esperanza. Ello, y su apellido, Verde, me llevó a bautizar el relato como: "El color de la esperanza".


Pues bien, hace unos días contactó conmigo una sobrina suya, que por lo visto había leído mi relato en Internet y, en palabras textuales, se le había caído "el mundo al suelo". Desde entonces había estado intentando localizarme sin éxito, y por fin lo consiguió la semana pasada, a través de facebook, pidiéndome le dijera dónde estaba para poder visitarle. Me resultó muy grato su mensaje y deseé poder ayudarla, pero, aunque hacía tiempo que no sabía de él, podía intuir que ya no andaría muy bien de salud. Localicé el teléfono de la residencia donde estaba, y llamé. Mis peores sospechas se vieron confirmadas. Antonio falleció hace un año, con solo 67 de edad, por una complicación en su estado de salud. No obstante, fue una muerte tranquila, pues ocurrió mientras dormía. Así se lo he comunicado a su sobrina, que tristemente no ha podido cumplir su deseo, el cual ahora consiste en que "ojalá descanse en paz". A mí, creo que huelga decirlo, esta noticia también me ha dejado muy apenado. Y sobre todo, la historia de Antonio, que es mucho más amplia y variopinta de lo que ha quedado reflejado en el relato, me sugiere algunas cuestiones existenciales... Entre ellas las siguientes:

¿En qué medida es buena la soledad? ¿Conforme te haces mayor te vuelves menos vulnerable o es solo una coraza que nos ponemos para poder sobrellevar algunos problemas existentes en nuestra vida? ¿Sería yo capaz de tener una fe o una esperanza como la de Antonio, teniendo una salud tan pésima? ¿Antonio se estuvo haciendo daño durante muchos años a sí mismo o el daño se lo hizo la sociedad, o su familia, o sus amistades...? ¿La existencia de Antonio ha sido insípida?

Humildemente me enorgullezco de, al menos, haber arrojado un poco de luz pública sobre esa vida anónima, que ahora queda plasmada por escrito, aunque de manera muy resumida, pudiendo conocerse más allá de su muerte. Una vida que para mí tiene poco de insípida (aunque él mismo lo percibiera así) y en cambio tiene mucho de didáctica y de reflexión.

Como anécdota final, quiero añadir algo que él contaba con bastante cachondeo (como buen andaluz): de pequeño se llevaba fatal con un hijo de un militar, que siempre le gastaba bromas pesadas, hasta que un día se vengó y, cuando éste iba a saltar por encima de las brasas en el juego del "humarracho" (típico de su tierra), le quitó el apoyo y cayó sobre ellas, quemándose las nalgas. La historia no tendría más intríngulis si no fuera porque aquel muchacho luego fue Ministro en el Gobierno de España (me perdonareis que no revele el nombre), y una vez que vio a Antonio en Madrid le comentó que aún llevaba la marca en el trasero.

6 comentarios:

Perlita dijo...

Segundo comentario que hago. Los hados se confabulan para que mis escritos se queden por ahí fundidos por el espacio entre olor a morcilla y longaniza huertana y me joroba.
Te decía y repito, que me ha gustado tu entrada porque, aparte de no estar quieto un segundo, cosa ésta magnífica,eso de que te dediques de vez en cuando a la atención (o te dedicaste) de las personas mayores, es algo que dice mucho de ti. (Carmen dixit. Estoy trascendental hoy)
Ellos con que escuches sus historias mil veces repetidas y algunas llenas de encanto, ya son felices. Pones cara de que te acabas de enterar y...¡Alegría total!
Y un ejemplo a seguir el de Antonio, que Dios tenga en su gloria.
La esperanza junto con la fe, forman parte de las grandes virtudes que el ser humano necesita para tirar p´alante. Hay que tener mucha riqueza interior para que la amargura no se solape con la esperanza y en muchos casos, es muy difícil evitar que se ahogue esa espeeranza. Nos rebelamos contra el sufrimiento, las cargas, las pruebas a las que la vida nos va sometiendo, pero el caso de Antonio, como el de unos cuantos elegidos como él, es para que no se olvide nunca y el ejemplo cunda.
Esperemos que no nos toque el sufrimiento que llevó aunque nunca le abandonase la conformidad.
Un abrazo.

Por cierto, me invitan a una lectura sobre la obra de Soren Peñalver...¿algo que ver con él?

Lugareño dijo...

Hola Carmen. Siento que hayas tenido problemas para publicar el comentario y me alegro de que lo hayas conseguido finalmente, además de que siempre es de agradecer.

Creo que poco se puede añadir a lo que tú has comentado. Si acaso un "amén", un "así sea", respecto a esos deseos que expresas de que Antonio descanse en paz y que cunda su ejemplo.

Y en cuanto a tu pregunta, ya me gustaría, pero no tengo nada que ver con un poeta y artista de la talla de Soren Peñalver. Tampoco con el periodista murciano Patricio Peñalver (el otro día me preguntaron si era mi padre). El apellido Peñalver abunda por estas tierras, y especialmente en Albudeite, de donde creo que Soren es oriundo (y quién sabe si también yo mismo; o mejor dicho, mis antepasados).

Gracias, un abrazo.

Mos dijo...

Amigo paisano: He leído tu relatada vida de Antonio para el concurso que mencionas. A mí, de verdad, me parece impecable y muy bien relatado. Como una crónica periodística. Pero bueno,no vamos a pensar mal de los premiados y los premiantes(?).
Dice mucho de ti y bien que te guste hablar e intentar comprender a las personas mayores. De ellos, sin duda, siempre se aprende. De lo bueno o malo que puedan tener pero, sobre todo, de sus experiencias y filosofía de vida.
Me ha encantado leer este post tan emotivo cargado de sentimientos y realidades. Que Antonio descanse en paz y esté bien donde le haya llevado su fe.
Estimado paisano: sigue así. No cambies y mantén lo mejor que tienes, esa humanidad que desprendes y esas inquietudes que te van forjando.
Un abrazo de Mos desde su orilla.

Lugareño dijo...

Muchas gracias Mos, un abrazo.

MEG dijo...

Lugareño, Feliz Segundo Santo. Que tengas un día especial.

Lugareño dijo...

Muchas gracias, MEG!!!!